Para hacerme poderosa necesito una cosa, únicamente: educación —Malala Yousafzai

Dice Susana Santaolalla que cuando empezó en el periodismo cultural entrevistaba a más hombres que mujeres, que los autores copaban el panorama mediático. Ahora se sienta con tres autoras: Gemma Lienas, Karmele Jaio y Najat El Hachmi, para debatir la situación actual de la mujer en este siglo XXI que tanto se suele citar para hablar de progreso. Y bien, ¿cuánto hemos progresado en el campo educativo? 

Gemma Lienas lo tiene claro: «la escuela tiene que cambiar mucho todavía. Coeducar no es mezclar a niños y niñas en las mismas aulas. Coeducar implica necesariamente educar en valores de igualdad». La autora de La rebelión de las chicas (Destino. 2021) o Drets fràgils (Edicions 62, 2020) insiste en lo necesario de prescindir por fin de los estereotipos de género, de enseñar que «no hay cosas de niño y cosas de niña. Hay cosas de persona», y es algo en lo que se debe trabajar desde las aulas para erradicar las desigualdades desde edades tempranas. Como fue el caso de Malala Yousafzai, quien con tan solo 17 años recibió el Premio Nobel de la Paz por defender el derecho de las mujeres a algo tan esencial como la educación. 

Najat El Hachmi apuntala esta cuestión: «aunque lo damos por hecho, hay muchísimas mujeres que no han podido tener derecho a ella». 

Como recoge en su propio libro El lunes nos querrán (Destino, 2021), es importantísimo que las mujeres sean protagonistas de sus propias vidas, sin importar su cultura o su situación de partida. De ahí el papel clave de la educación, ya que «es lo que nos permite ver de forma autónoma y emancipada la realidad y la vida. Por eso para algunos parece que es ‘un peligro’ que las mujeres tengan el derecho a la educación».

Y si habéis leído La casa del padre de Karmele Jaio (Destino, 2020), habréis comprobado que la impronta de la educación es profunda, y no tan solo en referencia a lo que se aprende en las aulas sino también sobre lo que se recibe de las personas más cercanas, del núcleo familiar, de la educación afectiva y los patrones que se heredan. Como afirma Jaio en esta mesa, «la educación es la cuerda que nos permite asirnos y alejarnos de la corriente  [...], cuestionarnos por qué las cosas son como son y echar un vistazo a la trastienda». 

Sobre la importancia de adquirir nuevos puntos de vista también se pronuncia Gemma Lienas. «Es esencial empezar a enseñar las cosas desde el punto de vista de las mujeres, en las escuelas. Porque por ahora sólo se enseñan desde el punto de vista masculino». O como señala Najat El Hachmi: la auténtica importancia de la educación es que «nos da libertad. Libertad para pensarnos como seres humanos. Libertad para salir de un estadio inferior y cuestionarnos nuestro sitio en el mundo». Libertad para emprender cambios. Porque, como afirma, «no nos podemos permitir legar a nuestras hijas la discriminación». 

Una discriminación que transcurre en diversos ámbitos incluídas las relaciones personales, en esas primeras relaciones sexo-afectivas en las que los patrones que se establecen no son de igualdad sino de dominación, señala Lienas. Y como apuntala la presentadora Susana Santaollala, ahí cobra especial importancia la literatura, esos libros escritos y protagonizados por mujeres valientes que se salen del camino marcado aunque duela. 

«La ficción literaria tiene la capacidad de pillar desprevenido al lector y, por ello mismo, de mostrarle todo aquello que se oculta bajo la capa de la normalidad», sentencia Karmele Jaio. 

Y este precisamente parece ser el reto de la educación en nuestros días. Romper con esa normalidad heredada y dar educación y libertad a las mujeres, a todas ellas, para que alcen la voz tanto como ellas quieran. 

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